Por Hilda Sabato
Para LA GACETA - Buenos Aires

Conmemoramos doscientos años de una fecha que es a la vez histórica y mítica: 25 de mayo de 1810. La cifra redonda ha llevado a la acuñación de una palabra mágica, "Bicentenario", invocada de mil maneras en los últimos meses, pero poco se ha dicho del pasado que ella evoca. Ese pasado es el punto de partida de esta breve reflexión en torno a una transformación política radical que marca la historia de nuestra región del mundo desde entonces hasta nuestros días: la adopción de formas republicanas de gobierno fundadas sobre el principio de la soberanía popular.
La fecha, como sabemos, remite a un acontecimiento histórico, la revolución de mayo, que inauguró un tiempo de rupturas y de cambio en los territorios que por entonces formaban parte del Virreinato del Río de la Plata y, por lo tanto, del imperio español. A principios del siglo XIX, ese imperio de tres siglos estaba en crisis, pero fueron la invasión de Napoleón a la metrópoli, la prisión del rey Borbón y su reemplazo por José Bonaparte los hechos que precipitaron, a partir de 1808, su desintegración. El desmoronamiento del edificio imperial abrió paso a la disolución de los lazos formales entre la metrópoli y los "reinos" (o colonias) americanos y al desconocimiento de la monarquía española como fuente de autoridad en América.  Era el fin de un sistema, de un ordenamiento político y social secular, y no estaba claro para nadie cómo seguiría la historia. Se abrieron así procesos de intensa experimentación política que afectaron a todos y cada uno de los habitantes de estas tierras. Se pusieron en marcha sucesivos intentos de construcción de nuevas unidades políticas (pronto llamadas "naciones") a partir de la organización y reorganización de los territorios que se fueron independizando. Estos ensayos tuvieron suerte variada y el mapa político cambió varias veces hasta que se consolidaron los estados-nación modernos que hoy conocemos, entre ellos la Argentina.
Todas estas experiencias tuvieron, sin embargo, un denominador común: la opción, más temprano que tarde, por formas republicanas de gobierno fundadas sobre el principio de la soberanía popular. Desde México hasta el Río de la Plata, ese fue un rasgo común a casi todos los intentos -exitosos o frustrados- de conformación de nuevas naciones. En un mundo en que predominaba la monarquía y aun el absolutismo, esa opción implicó dosis variables de innovación, improvisación y prueba. Las  nuevas bases de creación y reproducción del poder trajeron cambios decisivos en las normas, las instituciones, las prácticas políticas y los imaginarios y símbolos colectivos que habían regido durante la colonia. El desafío era doble.
En primer lugar, los espacios que, como los virreinatos, respondían al ordenamiento imperial, procedieron a reorganizarse para conformar nuevas comunidades políticas, repúblicas cuyo cemento principal era, precisamente, el consentimiento del pueblo para vivir bajo las mismas leyes y el mismo gobierno. En el Río de la Plata, este proceso fue muy conflictivo. Cuando la unidad del Virreinato colapsó junto con el poder español, se armaron proyectos propios en varias regiones (Paraguay, la Banda Oriental, el Alto Perú, entre otras). El resto ensayó formas diferentes de supervivencia conjunta, la mayor parte del tiempo como una laxa asociación de estados provinciales, que solo en1853 sellaron la unión bajo formato federal. Aún entonces esa unidad no estuvo asegurada, y las disputas en torno a cómo organizar la nación continuaron agitando a la Argentina hasta finales del siglo XIX.
En segundo lugar, en cada una de estas repúblicas/naciones en formación, una vez rota la legitimidad monárquica, se trataba de construir nuevas bases políticas para fundar la autoridad y organizar el gobierno. La opción republicana convirtió al pueblo en fuente de soberanía, y las normas pronto establecieron que los ciudadanos que lo componían eran individuos libres e iguales, titulares de derechos civiles y políticos. Sobre estos principios se ensayaron, en nuestro país, diferentes regímenes políticos, tanto en el nivel nacional como en cada uno de los espacios provinciales y, en su nombre, se libraron muchos de los conflictos que agitaron la vida política por largas décadas.
 La  temprana opción republicana no implicó un patrón único de organización nacional ni un modelo típico de régimen político, pero estableció un conjunto de principios y valores que marcaron nuestra historia. Así, en el siglo XIX, las dificultades para alcanzar un orden estable fueron recurrentes pero la búsqueda de soluciones se dio siempre dentro de los marcos propios de la república. A diferencia de lo ocurrido en experiencias republicanas europeas, algunas de ellas bastante efímeras -en Francia de fines del siglo XVIII, o España e Italia en el XIX-, en la Argentina, como en la mayor parte del resto de América Latina, se mantuvo siempre la opción inicial, a pesar de los desafíos que planteaba su instrumentación efectiva. Estos desafíos cambiarían de signo en el siglo XX, cuando la república incorporara la demanda democrática, y fuera puesta en jaque por golpes militares y dictaduras. Hoy, sin embargo, el proyecto siempre inacabado de la república, ahora democrática, sigue vigente, fundado sobre el imperativo de la voluntad popular y los valores de la igualdad y la libertad instaurados como horizonte colectivo en 1810.
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Hilda Sabato - Historiadora, profesora de la Universidad de Buenos Aires,
investigadora del CONICET. Su último libro es "Buenos Aires en armas. La revolución de 1880".